Sin Comentarios

Hubo un tiempo en el que la pelota era noble e igual vestía harapos que alta costura. Era el opio del pueblo, inyectado hasta el tuétano por la facilidad para levantar escenarios, ya fuera en el atrio de la iglesia o el muro del castillo, y su puesta en escena tan pronto llenaba las vidas de los plebeyos como alimentaba el alma de los aristócratas

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