Dos siglos de frontenis

23
julio
2010

Pertenece a Frontón

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Hubo un tiempo en el que la pelota era noble e igual vestía harapos que alta costura. Era el opio del pueblo, inyectado hasta el tuétano por la facilidad para levantar escenarios, ya fuera en el atrio de la iglesia o el muro del castillo, y su puesta en escena tan pronto llenaba las vidas de los plebeyos como alimentaba el alma de los aristócratas. Cualquier pared resultaba una buena excusa. Y una vez remangados, todos tenían el mismo color de sangre. El triste final de Felipe I, rey de Castilla por su matrimonio con Juana la Loca, supone el primer episodio conocido del arraigo que existía en estas tierras por el juego de la pelota, allá por 1506. En aquel mes de septiembre, la locura de la hija de los Reyes Católicos se disparó más si cabe tras conocer la muerte del hermoso minutos después de disputar un partido de pelota en Burgos -las causas, ya fuera por beber agua helada o por envenenamiento, todavía es motivo de debate entre los historiadores-.
Sea como fuere, este suceso no restó popularidad a una modalidad que siempre se ha identificado con el País Vasco pese a los múltiples ejemplos documentados y al peso adquirido por Castilla siglos atrás. El más palpable, sin duda, la construcción de frontones que llegaron a ser la envidia de la época en el resto de la geografía. Ya en 1861 hay constancia de tres ubicados en plena capital, dos de ellos en la calle de Expósitos -uno bajo techo y otro al descubierto- y un tercero en el barrio de San Nicolás. Los dos primeros, según consta en el ‘Manual Histórico de Valladolid’ de Domingo Alcalde y ‘El Indicador’ de Mariano González Moral, son los más antiguos de la región y, por lo tanto, referencia durante décadas para los miles de aficionados que golpearon su frontis.
En una época convulsa en la que la agitación social se respiraba a cada momento, este templo vallisoletano servía de vía de escape a todas las horas del día, y en él se podía ver desde gitanos, que siempre han despuntado en el deporte de la pelota, hasta personajes ilustres de la ciudad, caso del intelectual Ricardo Macías Picavea. La afición no deja de crecer y tampoco de sorprender, tanto es sí que la edición de EL NORTE empieza a recoger denuncias ciudadanas sobre la práctica de la pelota en plena calle. Se critica que se juegue a todas horas en el Gobierno Civil, se insta a los agentes del orden a que actúen contra los que toman la glorieta de la Plaza Mayor o la fachada de la Catedral, por el lado de Santa María, como improvisados frontones. También salen a la luz las primeras apuestas, tan silenciadas hoy, que hablan de 6.000 reales.
Datos que consolidan una devoción y un apego por este deporte que pronto se traduce en una proliferación de frontones que desemboca en la inauguración del imponente Fiesta Alegre, el 7 de septiembre de 1894. En aquella época, Valladolid ya tenía una oferta pública tan variada (Expósitos, San Nicolás, y el trinquete de la calle Puente Duero, el de la Victoria) como lo era la privada (el Colegio de los Ingleses en Don Sancho). Pero no era suficiente. Se trataba de locales menores incapaces de albergar a los mejores profesionales de la época como se hacía en Madrid. Aquel guante lo recogió Ángel Chamorro, respaldado por dos socios, José Rodríguez y Valeriano Macuso, y de su afición nació un espectacular palacio pelotari de tres pisos, forjado en hierro de Talleres Gabilondo y cristal, con capacidad para 2.716 personas y que en su partido inaugural, a 50 tantos, enfrentó a Irún y Araquistain contra Muchacho y Sarasúa. Aquel templo iba a dar cobijo a los sueños de los aficionados y techo a un sinfín de pelotaris de primer orden, caso de Jesús Goiri, Sagarduy, Urcelay alias ‘Gorrocha’ o Eloy Gaztelumendi, una jovencísima promesa que irrumpió con 15 años, a los 17 ya tenía un sueldo de 1.000 pesetas mensuales y poco después se instaló en México con categoría de ídolo. Gaztelumendi dejó su impronta en Fiesta Alegre un 22 de marzo de 1897, en un momento de máximo esplendor de la pelota en la ciudad que muy pronto, en apenas dos años, daría paso a su declive no sin antes acoger un curioso encuentro de féminas procedentes del frontón Condal, de Barcelona.
Tal y como refleja José Miguel Ortega en el libro ‘Románticos Sportmans’, el número de veladas fue disminuyendo hasta convertir el Palacio de la calle Muro en escenario de espectáculos circenses, bailes de todo tipo, cine e incluso testigo de mitines electorales. La defunción del Fiesta Alegre dejó huérfano al frontón de Expósitos y la pelota, sin llegar a desaparecer, huyó de la capital para asentarse en pueblos de honda tradición como Íscar -junto a la plaza de Puelles, barrio de San Miguel-, Pedrajas de San Esteban – junto a la Ronda de Santa Ana- o Medina del Campo.
En Valladolid todavía quedan algunos vestigios -el de Expósitos pasó a mejor vida en 2006-, caso del frontón construido en su día en el pinar de Antequera por los trabajadores de Fasa Renault para competir en categoría nacional. O el de Ruiz Hernández, donde hasta hace un año se podía ver en acción a José Luis Mendilibar. Para encontrar la verdadera afición hay que agarrarse hoy a la provincia, y engancharse a la pasión que se profesa en frontones como los de Íscar, Pedrajas o la vecina Vallelado, donde la pelota es religión y mucho más que una simple cita dominical. Por allí todavía desfilan los mejores pelotaris del momento y allí han besado la lona los todopoderosos clubes navarros y vascos. El Puertas Bamar, campeón de España y de Europa, es hoy por hoy el mejor exponente local de una modalidad que, no hay que olvidar, reportó al deporte español su primer oro olímpico en los Juegos de París’1900.